Leo y me estremezco. Las palabras encienden mi piel y el pulso se me acelera.

La imaginación despliega sus alas y comienza a elevarse. La cercanía de su presencia me excita, su olor se va acercando y mi cuerpo comienza a temblar.
Los labios se humedecen y los ojos brillan, las manos se entrecruzan y a su tacto todo parece febril.

Lejana, una voz pronuncia mi nombre:

-Marian,  MarianMARIAN!!!!!

Me volteo y mi madre me mira con cara de ¿qué demonios estás haciendo?

Apenada  bajo la cabeza.
Definitivamente leer literatura erótica en la mesa del comedor es algo que no se debe hacer.

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