Son las 5 de la mañana y mi vecino el gallo no deja de recordármelo. Cada 10 minutos me avisa que me levante, que ya es tarde. ¡Maldito gallo!, ojalá lo hicieran sopa.

Adormilada, me levanto de la cama y, mientras en la oscuridad busco el par de chancletas que anoche dejé en algún lugar cerca de la puerta, mi tía me prepara el desayuno. Hay leche, mermelada, queso mantequilla, pan… en fin.

Después de mi prolongado desayuno vuelvo al cuarto a disfrazarme. Una camisa ancha que debió pertenecer a algún ancestro remoto y un par de botas altas adornan mi vestimenta. No me reconozco.

Con paso seguro y la luz de alguna estrella rezagada me dirijo a la vaquería; hace tiempo que no ordeño, espero poder sacar aunque sea medio litro de leche de alguna vaca gorda.

Luego de 1 hora y 1 litro de leche ya ha amanecido, apenas pasan de las 7.
Aquí la vida comienza desde temprano.

Cuando me doy cuenta  ya tengo hambre de nuevo… vuelvo a la casa, mi mezcla de guayaba y queso me espera.

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