Después de intensas jornadas en las que cambié la computadora por una temporada en el campo, mis ojos aun se resisten a las noches sin estrellas.

Llegué adolorida, las piernas casi no me sostienen, las manos que antes eran suaves y prístinas ahora sienten los arañazos del marabú y los tirones de las riendas de los caballos me volvieron las palmas rojas. Fueron jornadas muy intensas.

El sueño no me visitaba a menudo, al menos no durante mucho tiempo, las noches se alargaban con juegos de dominó e historias entrelazadas del campo y la ciudad.
El despertar era casi obligado, los gallos con sus cantos hacían que el día comenzara más temprano de lo habitual, a las 5 de la mañana me sacaban de la cama. Lo raro es que me levantaba sin chistar, a esa hora me tomaba un café bien fuerte… y frío (del día anterior), me lavaba, me vestía y me iba para la vaquería más cercana.

Un consejo: para poder ordeñar bien las uñas no deben estar largas. ¡Cuánto trabajo me hubiese ahorrado si las hubiese recortado antes de llegar! Allá simplemente no me dejaban cortarlas.

Las mujeres decían que una muchacha de la ciudad no debería estar haciendo ese tipo de cosas (decirme eso a mí…), que eso de ordeñar y montar a caballo era propio de los hombres del campo.
Los hombres al contrario se asombraban de que lo disfrutara, de que los buscara para llevar los animales a los potreros, que me metiera con ellos en pleno cañaveral a buscar los caballos.
Afortunadamente, ese asombro hacía que me llevasen con ellos.

Sin embargo, lo que más disfruté de estas pequeñitas vacaciones fue el poder hacer un viaje de 5 horas a caballo.
En el camino intentamos averiguar que animal era más rápido: si la yegua que yo montaba o el caballo con cara de cansado que montaba un muchacho que alardeaba de ser veloz. Quiso el destino que mi yegua fuese anteriormente una buena corredora.
Yo gané la carrera, no por mucho, pero gané.

Ahora que estoy de vuelta a mi casa, extraño a los amigos que hice, estoy cansada y adolorida, no puedo casi ni moverme…
Aun así, si alguien me pregunta cómo me siento, la respuesta es invariable: estoy extremadamente feliz.

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