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Y me equivoqué de nombre, como quien le dice a la mesa silla.

Fue tanto el susto que de un tirón me levanté de la cama. Menos mal que todo había sido un sueño.


Y ahí estaba él… alto, de ojos negros, con el pelo gris de quien ha crecido en poco tiempo, con la Kodak al hombro (o algún otro tipo de cámara), con la mirada segura, con las manos suaves, con la palabra a flor de piel.

También estuve yo… y recorrí con mis manos sus 190 cm, saboreé con mis labios aquellas palabras a flor de piel y esperé con el cuerpo mojado por esa cámara maravillosa que prometía todo tipo de imágenes.

Fueron 3 horas de historias contadas, de páginas leídas, de cuerpos mojados… fueron 3 horas en que estábamos él, yo y la bendita cámara que documentó toda la historia.

Lo ví en cuanto cruzó la puerta y lo sentí. No podía dejar de mirarlo, no quería dejar de mirarlo. Lo busqué, lo besé, lo desnudé,  lo espié en sueños hasta que se dió cuenta y volteó.

Y yo, que nunca he sido buena para esconderme, le sostuve la mirada y le sonreí. Aun no podía sacar mis ojos de aquel hombre cuando la sonrisa de repente se volvió mutua. Y ahí si no pude sostener la mirada, por mucho que lo intentara solo podía reflejarme en sus ojos por un segundo.

Eso era todo lo que necesitaba.
Salí, apenas por un instante, y me buscó… nos buscamos.

Aquella noche compartimos los besos de aquellos que no tienen nada que perder…  la orilla del mar fue nuestra cómplice. Aquella noche solo fuimos él y yo,  el mar prometió guardarnos el secreto.

Nos encontramos en un bar barato cercano al mar y la noche, casi sin estrellas, pronosticaba mal tiempo. Me acuerdo porque los rayos se sucedían cada 20 minutos y yo estaba terriblemente asustada. Recuerdo que se lo dije una vez se acercó y me ofreció sus brazos como consuelo. Sé que esperamos que pasara la lluvia y que me besó con esa mezcla de cigarros y alcohol que siempre me ha fascinado. También estoy segura de que, en algún momento, hicimos el amor… una, dos y quizás hasta tres veces. Aquella noche se me quedó guardada en una canción. No intercambiamos nombres ni vidas y sin embargo, nos regalaron una canción.

Todavía la canta Sabina: ♫♪… Y nos dieron las 10 y las 11. Las 12 y la 1 y las 2 y las 3… y desnudos al anochecer nos encontró la Luna… ♫♪

Ayer nos soñé… estábamos tú y yo desnudos, sudados, pegajosos. Ayer nos soñé mojados, calientes, deseosos. Nos soñé inquietos, a todo color, en dimensiones gigantescas. Ayer nos soñé haciendo el amor.

Hoy, cuando me desperté, no supe que cara ponerte.

Me gustan los días soleados, me suben el ánimo. Los días grises  me ponen un tanto melancólica. Como ahora, que escribo tratando de contener unas lágrimas que quieren salir porque sí, porque les da la gana, no tienen ni visa ni pasaporte y aun así intentan escaparse.
Ah, pero yo no las dejo. La cabeza en alto (como dijera mi abuelita) las mantiena a raya.

Hoy es un día gris y yo ando melancólica. No me puedes regalar tú un cambio de tiempo?

…Y fui y hablamos de sexo y no pasó nada… absolutamente nada… aunque parezca increíble.

Ahí estaba él, despeinado, como siempre, hablándome de fútbol (yo me pierdo por el deporte) y de pronto, sin saber cómo, caímos en el tema. El otro escribía y, de vez en cuando, miraba o asentía. Sólo se atrevía a intervenir cuando alguna temática le interesaba. Aunque más de una vez se sorprendió, de eso estoy segura.

Hablamos de todo, desde los preliminares hasta los orgasmos, incluso un poco más allá. Nos contamos cantidad, calidad y alguna que otra decepción. Cuando digo que hablamos de todo me refiero a TODO. Le comenté mis más profundos secretos y no me sentí avergonzada, él me miraba y fingía no sorprenderse (o quizás no fingía, quién sabe), yo me sentía como en casa.

Éramos tres desconocidos en un apartamento. Solos, sin interrupciones, sin prejuicios. Y no pasó nada… absolutamente nada… aunque parezca increíble.

 
Todo eso me contaba María… no es verdad que parece increíble?

 

Te lo advierto, mis besos son letales.

La frase dicha la primera vez como al descuido en algún parque lejano sobrevuela sus recuerdos. Tanto lo había advertido que no le había pasado por la cabeza que se hubiesen olvidado de ella. Se lo había repetido una y otra vez… sus besos eran letales.

Por eso, en aquella madrugada fría, cuando el doctor anunció la muerte repentina de aquel sujeto X, no se sorprendió. No era la primera vez que le sucedía. Había matado ya a un sinnúmero de muchachos y alguna que otra chica desprevenida.

Sus besos eran letales… pero ella siempre lo advertía.

Definitivamente… si hoy me persigues me alcanzas.

El juego que solíamos utilizar para llevar a cabo nuestros complots  se me hace una 4ta parte de la película Misión Imposible (a no ser que juguemos en cámara lenta). El esguince en mi tobillo derecho a venido a estropearlo todo… se burla descaradamente de mí.

Un lunes fatídico… como diría mi abuelita… y una semana sin Internet.

Perdonen mi ausencia de comentarios… échenle la culpa al pie.

 

 

… Hay padres y padres. Personalmente pienso que el título del post y la primera oración están muy relacionados.

A ver… para entrar en tema. Conozco a alguien (no voy a ser tan chismosa de decir quién) que conoce, en su trabajo, a una inocente muchacha de pelo crespo y ojos marrones llamada Juana Berta. Definitivamente los padres de la muchacha no tuvieron en cuenta las bromas escolares. Si sólo hubiese sido Juana… o quizás Berta… vaya y quizás pasara… pero los dos juntos!!! Se imaginan la primaria? Si yo hubiese sido ella llegaría siempre tarde  para no estar presente cuando me mencionaran en la lista. De madre!!!

Pero la pequeña Juana no es la menos desafortunada, noooooooooo, para nada.

En el comité central de la misma persona que conoce a Juanita se encuentra un personaje conocido en todo su barrio. Tiene 56 años y es albañil. Se llama Mamerto.

Cuando me hicieron el cuento estuve rodando 1 hora por el piso. Mi mamá suele decirle así a las personas muyyyyyy flaquitas que tienen la cabeza grande. Nada, que me imaginé a Mamerto como un muñeco de carnaval.

Por cierto, me dice mi informante que mi imaginación no está muy alejada de la realidad, Mamerto le hace honor a su nombre.

Hay padres que no se imaginan los daños que les causan a los hijos con semejantes nombrecitos. Por eso la máxima de que hay nombres y nombres… hay padres y padres.

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