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Siempre fui una fanática del deporte, desde los 12 años descubrí la emoción de visitar un estadio (especialmente el de mi equipo) y a partir de ese momento cada vez que puedo me escapo para adentrarme entre los miles de industrialistas que portan su camiseta en el Coloso del Cerro. Soy azul, como el mar… y como el equipo insignia de la Capital.

Estas son imágenes de la temporada…

Aquella muchacha veía en colores y por supuesto, como todas las personas que son diferentes, vivía encerrada en un manicomio. Yo la conocí un día que fui a visitar a mi otra abuela y me encantó su manera de ver la vida. Hay locuras preciosas, tan coloridas que no vale la pena volverse cuerdo. Y esta era una loca fenomenal.

Según Karla yo soy roja con manchas blancas y mi abuela es de un carmelita casi llegando a marrón, ella es azul y las enfermeras que la cuidan grises. Los edificios y las casas no tienen color y puede ver a las personas que se mueven dentro como si llevase en los ojos una cámara térmica o rayos infrarrojos.  Por supuesto que es muy discreta y cuando ve dos colores juntos enseguida cambia  la vista, ella no quiere entrometerse en nada y la intimidad es la intimidad.

Según el médico tiene una esquizofrenia ligera y le curan los colores con una pastilla.
-Karla es la loca más cuerda que tenemos -me confiesa al oído- pero las reglas son las reglas.

Pobre Karla… si yo fuera ella no me gustaría que me quitaran mis colores.

Andoba es una de esas obras de teatro que a casi todos gusta. Lo mismo al intelectual que al de barrio. Y en Cuba, Rafael Lahera se ha encargado de hacerla inmortal.

-A mí ningún hombre me pisotea, ni mi hermano. ¿No ves que yo he sido fiera entre las fieras? Yo soy Andoba ¿Qué “volá” conmigo?

Ambientada en un solar de los años 60 narra la historia de unos vecinos  con problemas económicos que tratan de sobrevivir al cambio político-social devenido con la Revolución. Es una obra que dibuja un período histórico de Cuba y en la cual se mezclan elementos antisociales con obreros, estudiantes, ancianos y niños.

Oscar, más conocido como Andoba, es el protagonista de esta obra. Según la historia cae preso por intentar matar a un hombre y, adolorido por una carta que le envía el hermano (revolucionario total) en la cual lo tilda de lacra y antisocial, sale dispuesto a “quitarse del ambiente” como él mismo dice, aunque también le reprocha al hermano la  dureza de la misiva:

-… Y lo que puedo decirte es que, trabajando o no, nunca faltó un peso en este cuarto. De la “longana”, del “siló”, de la “fañunga”, salía el plato de comida que te ponían delante cuando llegabas de tu bequita. De esos inventos que tú dices, salía el peso que te llevabas y la camisa que te ponías, porque aquí todos vivíamos del invento.

La obra, al estar imbuida en el inicio revolucionario, critica  duramente el trabajo extra-oficial, sin embargo,  promueve las segundas oportunidades mediante Aniceto (“un ex-ambientoso”) que se volvió obrero calificado y estudia en la facultad para sacar el grado de secundaria, que deposita su confianza en Andoba, su amigo de la infancia.

-Si no te quitas, vamos a enterrarte con la escombrera esa. Si estás dispuesto a dar el salto, tienes mi mano esperándote… (Le tira el brazo por encima.)… Dale, entra por camino.

La obra refleja cómo era la vida en los solares  y termina precisamente cuando llega el camión de la mudanza que los saca a todos hacia nuevos hogares. Andoba o Mientras llegan los camiones, es (a mi parecer) la obra cumbre de Abrahán Rodríguez, y una buena recomendación a aquellos que, como yo, aman el teatro.

Yo soy de la generación de los 80, la última de los maestros por cada asignatura.

Soy de los 80, la última generación que aprendió a jugar en la calle y en los recesos de la escuela al trompo, al burrito 21, al escondido, la botellita, el come fango, el chucho escondido, el ladrón y policía, al pon con una tacha de lata de leche condensada, a la suiza, al cuatro esquina… soy la última generación que aprendió a ver los muñequitos rusos.

Y no lo digo yo solamente, me lo mandan a diario amigos en emails, los mismos amigos que alguna vez grabamos canciones de la radio, los que fuimos los últimos en ver películas versión Beta y VHS y fuimos orgullosos pioneros del walkman, el chat y los discos compactos.

Nosotros hemos aprendido lo que es el terrorismo y nos enteramos de golpe un 11 de septiembre de la caída de dos torres, pero también vimos caer el muro de Berlín y la antigua URSS.

Andábamos en bicicleta o patines sin casco, ni protectores para rodillas y codos. Los columpios eran de metal y con esquinas de punta oxidada. Aun no entiendo cómo pudimos sobrevivir.

No había celulares. Íbamos a clase cargados de libros y cuadernos, todo metidos en una mochila que rara vez tenía refuerzo para los hombros y mucho menos, ruedas y para hacer una investigación teníamos que ir a la biblioteca y buscar una retahíla de libros para tener una mínima información, luego de resumirlo claro. Ahora con la era del Internet, todo se encuentra con solo un clic.

Yo soy de la generación del 80, vi surgir Facebook, MySpace… y crecí con el desarrollo de Internet. No tuve televisores de plasma cuando niña (no existían) y no supe lo que era una computadora de verdad hasta la secundaria.

Yo soy de la generación del 80 y crecí sin necesitar todas esas etiquetas, superficialidades, celulares, computadoras, playstations que actualmente suponen la niñez.

Yo soy de la generación del 80 y tuve una infancia feliz.

… Hay padres y padres. Personalmente pienso que el título del post y la primera oración están muy relacionados.

A ver… para entrar en tema. Conozco a alguien (no voy a ser tan chismosa de decir quién) que conoce, en su trabajo, a una inocente muchacha de pelo crespo y ojos marrones llamada Juana Berta. Definitivamente los padres de la muchacha no tuvieron en cuenta las bromas escolares. Si sólo hubiese sido Juana… o quizás Berta… vaya y quizás pasara… pero los dos juntos!!! Se imaginan la primaria? Si yo hubiese sido ella llegaría siempre tarde  para no estar presente cuando me mencionaran en la lista. De madre!!!

Pero la pequeña Juana no es la menos desafortunada, noooooooooo, para nada.

En el comité central de la misma persona que conoce a Juanita se encuentra un personaje conocido en todo su barrio. Tiene 56 años y es albañil. Se llama Mamerto.

Cuando me hicieron el cuento estuve rodando 1 hora por el piso. Mi mamá suele decirle así a las personas muyyyyyy flaquitas que tienen la cabeza grande. Nada, que me imaginé a Mamerto como un muñeco de carnaval.

Por cierto, me dice mi informante que mi imaginación no está muy alejada de la realidad, Mamerto le hace honor a su nombre.

Hay padres que no se imaginan los daños que les causan a los hijos con semejantes nombrecitos. Por eso la máxima de que hay nombres y nombres… hay padres y padres.

Escucho la música y el cuerpo se me mueve.

Las piernas se me van solas y la cara se me transforma. La boca se me abre y la mirada deja de ser dulce para adquirir ese toque de lujuria que la letra me regala.

Quizás me vuelvo un poco puta, no lo niego, pero me encanta la sensación de morbosidad que me ofrece el baile. Es una manera diferente de descargar energía.

Digan lo que digan no me avergüenzo: bailo reguettón… y qué?

Por iniciativa de amigos, y para colaborar con Japón, el pasado sábado 9 de abril nos reunimos un grupo de personas para llevar a cabo el proyecto ¨1000 Grullas por Japón¨, ofrenda que realizamos para apoyar al pueblo japonés con nuestros mejores deseos, por todo eso de la leyenda.

Afortunadamente, desde muchos lugares del mundo les han enviado miles de grullas a Japón. Alegra saber que más gente está haciendo lo que nosotros.

Este sábado 30 de abril vamos a terminar las Mil grullas!!!.
Los convoco a participar de este proyecto, los convoco a ayudar, a ser parte de un acto de solidaridad… a sentirse bien.

A todos los interesados en realizar esta ofrenda a Japón, el país del manga, el anime y samurais los cito, a las 12 del mediodía, en el teatro de la Biblioteca Rubén Martínez Villena (Obispo No 59, entre Oficios y Baratillo, Plaza de Armas, Habana Vieja).

Recuerden que a veces un simple gesto hace feliz a mucha gente.

He escogido un mal día para ponerme triste.
Hoy nadie me ha gritado, nadie ha chocado conmigo en la parada o me ha mirado de forma rara. Hoy no la puedo coger con nadie.
Al revés, cuando me desperté ya tenía hecho el desayuno, y ni siquiera una tostada quemada en la cual volcar mi malhumor. Todo empezó mal.
Llego a la parada y no tengo tiempo siquiera de acomodarme, un vecino  me da botella, directo a la escuela y con aire acondicionado y todo. Nada, que no es mi día.

Entrando, me recibe la tutora con un buenos días radiante, y para colmo me anuncia que no tengo que trabajar, que me puedo tomar el día para lo que quiera. Qué mala suerte la mía!! y yo que pensaba suspirar por la tarea acumulada. Malo, muy malo.
Y ahora? …
Con qué pretexto me pongo a llorar?

Un nuevo comienzo, un nuevo amanecer… las palabras se atropellan y llenan el silencio que ha abandonado la habitación.

Tímidamente ella se cubre las huellas de pasión latentes. La noche anterior es un borroso recuerdo.
Él, aun con resaca, no sabe que hacer.

Ayer eran amantes y hoy son simples desconocidos.

No sabía que Klimt era un pintor austriaco, no lo había descubierto.

Fue precisamente por un piropo, de esos originales, que di con él.

Ahora se que Gustav (así se llamaba) nació en Baumgarten, en las cercanías de Viena el 14 de julio de 1862, su padre se llamaba Ernst y era grabador, aunque en su juventud hubiera soñado ser cantante de ópera.

El piropo, uno de los mejores, vino de un amigo.
Soñar ser una de las pelirrojas de Klimt… increíble.

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