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La Biblia siempre ha sido un buen libro, de esos que hay que leer se crea en Dios, en los Santos o en el mismísimo Espírutu libre de la naturaleza. Hasta hoy nunca me había dado cuenta… pero hay un paradigma actual que se derivó de ella.

ASÍ EMPEZÓ

El pueblo hebreo conducido por Moisés se detuvo a las orillas del Mar Rojo. Los perseguidores estaban muy cerca. Un hombre se acercó al gran líder y preguntó: “¿Qué harás ahora?” Moisés le contestó: “Haré que se abran las aguas, pasaremos nosotros y cuando pasen aquéllos haré que las aguas se cierren, sepultándolos.” El hombre dio un alarido de admiración y dijo: “Si logras hacer eso, te juro que te consigo ocho planas en la Biblia.” Había nacido la profesión de relaciones públicas.

Pedro Álvarez del Villar

***

Se llama relaciones públicas (RR. PP.) a la rama de la comunicación que se encarga de crear, modificar y/o mantener la imagen positiva ya sea de una empresa, organización, ente público o privado, o persona; y fortalecer los vínculos con todos sus públicos (Internos, externos o indirectos), utilizando diferentes estrategias, técnicas e instrumentos, su misión es generar un vínculo entre la organización, la comunicación y los públicos relacionados, además de convencer e integrar de manera positiva.

Hay cuentos que gustan porque hacen reír, otros porque hacen pensar, algunos por geniales. Este es uno de esos cuentos que gustan por combinación.

Manuel R. Campos Castro sabía lo que hacía cuando lo escribió.

Aquí lo tienen…

JUS PRIMAE NOCTIS

El señor feudal era un hombre alto, delgado y anguloso, de modales refinados. Los recién casados lo miraron azorados, con un pavor no exento de respeto.

“Vengo a reclamar mis derechos -dijo el señor suavemente-. La primera noche me pertenece.”

Los aldeanos no se atrevieron a replicar. El blanco caballo sin jinetes que se encontraba junto al del barón piafó. El soldado que lo sujetaba de las riendas le acarició el pescuezo para calmarlo. El señor feudal sonrió.

“Vas a venir conmigo al castillo, pichoncito -dijo-: verás que te va a gustar.”

Acto seguido obligó a su corcel a dar la media vuelta y se alejó en dirección del fuerte señorial, no sin antes haber hecho una seña a sus guardias. Los soldados sujetaron al novio y lo montaron en el caballo blanco.

La novia se quedó llorando en la aldea.

El helado de chocolate de desliza entre sus pechos y él,  lentamente,  lo saborea.
(Al menos eso es lo que dice la novela. Yo no sé por qué desperdician el helado, con lo caro que están los potes de Nestlé, seguro que la novela no se escribió en Cuba, pero bueno, continúo la historia…)
Derek (así se llama el protagonista), eufórico de pasión, de un tirón hace saltar los botones de su camisa.
(Dios mío, mira que romper una camisa, yo lo mato, con lo caras que están las camisas en la tienda. Cómo se le ocurre romper una camisa? A ver, de dónde es la que escribió el libro? Ahhhhhh, ya sabía yo que no era de aquí. Mejor continúo…)
Laura, aun con la mezcla poderosa del chocolate entre sus senos (mira como restriegan lo del chocolate) alza la mirada y con la voz acaramelada, casi en un suspiro, lo nombra: Derek, Derek…Derek.

Qué va. No leo más novelas rosas, entre los helados de chocolate y las camisas rotas me van a volver loca. Mira que romper una camisa…

Sentado en un banco del parque va pasando de una en una las hojas de aquel libro viejo.
Él, ensimismado en la obra, casi no respira, el viento revolotea un mechón azulado de su negra cabellera y, casi sin inmutarse,  insinuando un suspiro, se lo acomoda.
Debe tener cerca de unos treinta y tantos, su cara apenas muestra alguna que otra arruga empeñada a descubrirlo.
Desde mi columpio lo observo con celo, me recuerda a cierta pintura que vi en una galería. Creo que se titulaba  Inmóvil.
Lee con gusto, se nota por la avidez con que devora las páginas. Creo que luego iré a pedirle el título del libro.
La anciana que pasea a su perro me mira extrañada por mi interés en el lector.
Me volteo, mi columpio se empeña en alcanzar el cielo, y la luz del Sol, para variar, esta vez es tenue.

Pasada media hora y cansada de elevar los pies, me vuelvo al banco.
Ya no está, me quedé sin poder averiguar el título del libro. Lástima!

El Maestro y Margarita es uno de esos libros que, o entiendes o te vuelve loco/a.
Es un libro raro en el que el diablo y los demonios hacen travesuras por toda Moscú, las brujas hacen fiestas y se untan cremas mágicas, y Poncio Pilato, arrepentido, se sienta en un bosque esperando el perdón.

Mijaíl Bulgákov escribió un buen libro. Su Master i Margarita, (título original en ruso) es actualmente un ícono de la literatura rusa.

A mí, el capítulo que más me impresionó fue el primero (Nunca converses con desconocidos).
Aquí, dos intelectuales discuten en un parque sobre la veracidad de la existencia de Jesucristo. Un extranjero que los oye hablar, atraído por tan interesante tema, se acerca y, pidiendo perdón por su intromisión, entabla con ellos un diálogo. Los intelectuales, en medio del debate, empiezan a dudar de la cordura del desconocido cuando, de repente, este les espeta :
<< Y el Diablo… ¿tampoco existe el Diablo? >>

Como siempre pasa, esta vez la historia de la niña mala se convierte en un cuento infantil.

Ella, sola en el bosque, a pesar de que su mamá le dijo que no se entretuviera, se encuentra con el lobo.

Se lo tenía merecido la Caperucita. Eso le pasa por desobediente.

Tomado del libro Ciudadano Sade, de Gonzalo Suárez.

***

-         ¿Pretendéis  que escribir es un acto natural? ¿O solo escribís cuando no podéis realizar vuestros deseos?

-        Realizo mis deseos escribiendo.

-         Por tanto, sois culpable en intención de los hechos que escribís.

-      Nadie es culpable de los actos que no llega a realizar.

-         ¡Porque la cárcel os lo impide!

-         Como a vos os lo impide la moral, que solo es la opinión de los demás.

-         Ese es, señor, el principio de la convivencia.

-         Ese es, señor, el principio de la conveniencia - remeda Sade.

-         Vuestra insolencia está dando al traste con vuestra conveniencia.

-         Llamáis insolencia a la sinceridad.

-         Llamáis sinceridad al cinismo.

-         Que es mejor que vuestra hipocresía.

El barón, ofuscado, se sonroja. Y no precisamente por pudibundez.

-         Os recuerdo que mi libertad no está en juego, sino la vuestra.

-         Vivir de forma contraria al pensamiento no es libertad.

-         Vivir de forma contraria a las leyes es delito.

-         Son las leyes las que crean al delincuente. Sin leyes no habría crimen. Y, sin religión, no existiría el pecado. Son las leyes y la religión las que nos hacen pecadores y criminales.

***

-         Sois un sofista, marqués.

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