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Yo quería quererte, como se quiere la libertad desde una prisión, como un sediento busca un manantial… como una mujer desea a un hombre. Yo quería quererte desde dentro, sin pensar que eras bueno, que eras malo, que eras un tipo correcto, atento, cariñoso, fiel. Yo quería quererte con todas mis raíces, con el tronco, con las hojas, con los frutos caídos a la orilla del camino.
Y quise quererte de día, de noche, de madrugada… incluso a las horas de sueño. Pero como tantas cosas que no suceden jamás lo logré. El corazón nunca se puso de acuerdo con la cabeza. Lástima de desacuerdo.
Luis me lo contó la noche de su visita, aquella mujer era una perra. Tanto amor desechado en un contenedor plástico con curvas bonitas lo había llegado a escribir aquel poema tan cínico. Y la verdad es que era un poema cínico… maravilloso… pero cínico. De esos como Luisito sólo sabía escribir, con el cuerpo del poema dibujado en una escena. Siempre dije que Nogueras debió dedicarse al cine, o al teatro (a grandes obras de inmensas producciones), una lástima que se decidiera por la tristeza de los escritores. Por eso, cuando me contó de aquella arpía solo atiné a decirle que no le hiciera caso al destino, al final “la suerte estaba echada”.
Luego de aquel poema siempre supe de dónde había sacado la idea.
LA SUERTE ESTÁ ECHADA
Se acabaron los poemitas lacrimógenos
las noches de insomnio
los dos paquetes de cigarrillos al día
la falta de apetito
el mal humor
las miradas perdidas en el aire
detrás de moscas invisibles o musarañas.
Se acabaron los dibujitos abstractos
en el mantel con la punta del cuchillo
la palidez
los polvorientos sonetos con estrambote al estilo de Navarro
las miradas ansiosas al teléfono
el mudo interrogatorio al cartero
A partir de hoy todo va a cambiar
¿Te fuiste con tus lindos ojos azules?
Mala suerte
Que te vaya bien
(y los hermosos ojos azules
te los puedes meter en tu inolvidable culo)
Podíamos haberlo tenido todo…
Podíamos haber sido felices para siempre.
Podíamos habernos casado y tener una familia con 2 niños.
Podíamos haber hecho parrilladas y habernos comprado una casa grande.
Podíamos haber sido la maestra y el doctor que soñamos siempre.
Podíamos haberlo tenido todo… pero crecí y los sueños se me esfumaron.
Ann se despertó muy temprano pensando que ese viernes iba a ser especial. María no se había aparecido en toda la semana y al fin, después de tanto tiempo, tendría un día para ella sola.
Ann se sentía feliz, aquel muchacho de ojos marrones la había invitado a comer y, contra todo pronóstico, a pesar de las advertencias de María, había aceptado.
El vestido rosa de muselina resaltaba su pelo rubio y los rizos le caían sobre los hombros como si la princesa de un cuento se tratara. (Ya he dejado bien claro que Ann se sentía feliz).
A las 8 menos cuarto, como si de un reloj habláramos, tocaron a la puerta. Él estaba plantado con una rosa roja y una sonrisa deslumbrante. Ann se sintió desfallecer.
Salieron, comieron, bebieron, conversaron… incluso vieron la última película de Almodóvar. Todo parecía estar perfecto.
Por fin, a las 12, él la acompañó a la puerta y levemente se le acercó al rostro. El beso parecía inminente y el corazón de Ann saltaba en su pecho… él era el indicado, lo presentía.
El beso fue magnífico, de esos que hacen temblar la tierra. Ann se sintió extremadamente feliz. Lo triste fue que al final, luego de aquel momento tan íntimo, aquel muchacho de ojos marrones, la llamó María.
Y él estaba ahí… buscándola.
Pero ella no apareció.
El rastro de su perfume inundaba la escena y las flores semimarchitas le daban a la estancia un toque de distinción. Nunca llegó, los rayos de sol le derritieron las alas, sobrevoló muy cerca del sol.
Cuando la encontraron solo flotaba en el mar su velo y mechones de pelo rojo.
A un amor, a un amigo, a mi ángel, a mi madre, a mi padre.
Te digo adiós y acaso te quiero todavía… pero te digo adiós. Buesa estaría orgulloso.
Te digo adiós y un pedacito de mar se me escurre por los ojos.. pero te digo adiós.
Te digo adiós y con un abrazo me despido… te digo adiós, para siempre.
Te digo adiós y sé que será un hasta pronto, quizás hasta mañana… te digo adiós despreocupada.
Te digo adiós con la mejor de mis sonrisas fingidas y te veo partir. Te digo adiós y me arrepiento… nunca tengo bastante.
Lo encontré casi al azar en una de esas discos que solíamos frecuentar. Hace mucho tiempo que no lo veía (¿Tal vez un siglo? Acaso. Acaso un poco menos: noventa y nueve años. ¿O un mes? Pudiera ser. En cualquier forma un tiempo enorme, enorme, enorme). Se encontraba cerca de la barra, como casi siempre, y la cerveza fría era una tentación en su mano. Era una cerveza oscura, como a mí me gustan (quizás asocio las cosas fuertes a los hombres… no me malinterpreten) y en su mano se veía helada. No sé si me fijé más en sus manos que en la cerveza, ya no recuerdo. Solo sé que esos dedos largos me impactaron, se veían como si estuvieran hechos para acariciar a una mujer.
Era el clásico dandy a la caza de alguna ingenua, se le notaba por encima de la ropa. Apenas me miró. Yo, en mi esquina, disfrutaba ver sus avances. Primero fue una rubiecita con pinta de francesa (llevaba en el cuello la bufanda clásica) y luego una pelirroja, creo que con esta hasta me emocioné, llegué a pensar que podía sustituírla. Sin embargo, al final, a mi pesar… acabó atravesando el parque con una trigueña de blusa roja (ya me había enterado que era fanático a los rizos negros). Nada, no tenía nada que hacer.
Lo vi partir y lo amé como nunca, lo seguí con los ojos y ya sin los ojos viéndolo de lejos, y aún más lejos todavía, hecho de noche, de mordedura, de beso, insomnio, veneno, éxtasis, convulsión, suspiro, sangre, muerte… Hecho de esa sustancia conocida con que amasamos una estrella.
Anochecía… afortunadamente Guillén me susurraba las palabras.
- Cuando me digas que no te quiera, por mucho empeño que le ponga a no hacerlo, te querré.
- Cuando te diga que no me quieras, por mucho que lo detestes, me querrás.
Así estamos los dos, jugando con las palabras…
Quién caerá primero?
Ayer me preguntaba una amiga que qué he hecho en las vacaciones… bueno… la verdad es que estas han sido un poco raras. Todas mis amistades ausentes han querido regresar este año y los meses julio y agosto parecen buenos para los reencuentros.
Nada, que entre visitas y playa (eso no puede faltar) el tiempo no me ha alcanzado mucho. Por cierto, Rotilla este año no estuvo a la altura de las expectativas, no se dejen engañar.
La otra parte no tan buena es que parece ser que todos los novios de mis amigas se pusieron de acuerdo para “necesitar un tiempo solos” y la que tiene que recoger los pedazos rotos soy yo. Esa es la parte que menos me gusta, cada vez que pasa algo así la que se siente mal soy yo, no me gusta ver sufrir a las personas que quiero.
Nada, que mis vacaciones están raras… y para colmo Yudivián no aparece con mi Nutella!!!!!!
Según una canción de la Casal puede ser que dijeras adiós porque no te comprendía, puede ser que la vida te dio justo aquello que querías… pueden ser tantas cosas…
¿Quién sabe?, lo cierto es que te marchaste, tomaste tus alas y saliste por la puerta ancha. No miraste atrás. En esta despedida sin letras, sin voces, sin papeles… fui yo la que quedó triste, esperando, quizás, ese abrazo que nunca llegó. Te fuiste de mi vida en mi ausencia, tu adiós fue un poco cobarde… de esos que hay que pronunciar en susurros porque de otra manera se escapan. Fue un adiós ligero, tenue… fue un adiós a media luz.
Tú, hasta en la última despedida, me regalaste un beso.




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