Estás navegando por los archivos mensuales para febrero 2012.

Me he convertido en acreedora… y me gusta. Incluso tengo varias deudas que cobrar.
Las promesas, cuando son bien hechas, se convierten en deudas… y yo cobro en sueños, en besos, o en buenas fotografías.

Por eso mismo es que él me debe un beso. De los húmedos, de los mojados… de los que apenas son el comienzo. Me debe el beso que me prometió: un beso largo, caliente, frío, multisabor.

Ya se lo había advertido: Las promesas, cuando son bien hechas, se convierten en deudas.
Y yo estoy pensando en cobrar la mía.

Me gustan los días soleados, me suben el ánimo. Los días grises  me ponen un tanto melancólica. Como ahora, que escribo tratando de contener unas lágrimas que quieren salir porque sí, porque les da la gana, no tienen ni visa ni pasaporte y aun así intentan escaparse.
Ah, pero yo no las dejo. La cabeza en alto (como dijera mi abuelita) las mantiena a raya.

Hoy es un día gris y yo ando melancólica. No me puedes regalar tú un cambio de tiempo?

A veces llueve y te quiero. A veces sale el sol y te quiero. La cárcel es a veces. Siempre te quiero. (En una prisión en Montevideo).

Te quiero por la mañana, porque el Sol me hace recordarte, te quiero en las tostadas que me preparo (en las que no se me queman), imaginando, solo por un segundo, que me trago tu boca. Te quiero al mediodía, cuando el trabajo me agobia y  te imagino cerca, sonriendo y haciendo alguna que otra pregunta tonta. Te quiero por la tarde, a eso de las cuatro, cuando me asomo a la ventana y te veo en las nubes, escondiéndote para que no sepa que me espías. Te quiero cuando como y me levanto a fregar, aunque este es un querer más bien obligatorio, a fuerza de costumbre logro pensar en ti (eso cuando no me mojo mucho). Te quiero también de noche, cuando miro las estrellas y pido mis deseos… cuando la Luna aparece y me pone nostálgica.

Te quiero todos los días. Cuando llueve, cuando sale el Sol. Te quiero incluso de manera masoquista, a veces un poco sádica, miserable, histérica… (Esperando siempre que no lo notes, por supuesto).

Al fin y al cabo lo importante es que te quiero… ¿no?

Ann esta vez fue la afortunada, el regalo fue uno de los famosos potes de Nutella. Él vino, en una de esas visitas cortas, y se la trajo. Ann no podía ser más feliz.

El encuentro fue en la Habana Vieja, en un edificio alto… la ciudad entera estaba a sus pies. Él, como siempre, con sus hermosos ojos negros la estaba esperando al pie de una exhibición antigua. Ella corrió hacia sus brazos.

Ann me cuenta que fue reconfortante verlo, había cambiado mucho, ya no era ese muchacho delgado que correteaba por su casa, ahora era un hombre hermoso con unos preciosos ojos negros. Hablaron mucho y recordaron viejos tiempos… tiempos en que se tomaban de la mano y leían versos juntos. Tiempos en que se escondían para quererse debajo de las escaleras.

Las cosas han cambiado mucho desde aquellos años. Ann ya no es siempre la niña dulce y él hace tiempo comenzó a saberse homosexual. Es simplemente una amistad verdadera, sin secretos, con confidencias…esta vez fue Ann la afortunada.

Ayer me abordó una mujer elegante y, luego de presentarse, ofreció regalarme polvo de estrellas a cambio de que la guiara de nuevo a su lugar de origen.

No pude negarme, Casiopea es la madre de Andrómeda, una de mis profetizas preferidas y el hecho de que Perseo la hubiese rescatado de aquel mounstro Cetus (a Andrómeda), al pie del acantilado, es para mi una de las mejores leyendas. Aunque según Casiopea todo fue real, incluso se atribuye la culpa al alardear de la belleza de su hija comparándola con las Nereidas, hijas del dios del mar Nereo. Por cierto, estas Nereidas son muy vanidosas y no aceptan comparaciones, por lo cual, indignadas por el atrevimiento de mi nueva amiga, le pidieron a Poseidón venganza, y este, que se deja meter el pie por cualquier mujer (ninfa u ondina) bonita, envió a Cetus. Nada, que se puede hacer un culebrón con  esta historia llena de chismes. Mira que venir un hombre a resolver problemas de mujeres… cuándo se ha visto eso? Al final resulta ser que Poseidón es peor que esas pijas Nereidas.

Casiopea fue muy buena conmigo, aunque un poco vanidosa tiene buen corazón, simplemente quiere mucho a su hija. Por eso la llevé hasta su constelación, esa que se reconoce por sus 5 estrellas en forma de M, y la dejé tranquilita.

Pude haberla soñado, es cierto. Sin embargo, hoy me desperté junto a un puñado de polvo de estrellas.

…Y fui y hablamos de sexo y no pasó nada… absolutamente nada… aunque parezca increíble.

Ahí estaba él, despeinado, como siempre, hablándome de fútbol (yo me pierdo por el deporte) y de pronto, sin saber cómo, caímos en el tema. El otro escribía y, de vez en cuando, miraba o asentía. Sólo se atrevía a intervenir cuando alguna temática le interesaba. Aunque más de una vez se sorprendió, de eso estoy segura.

Hablamos de todo, desde los preliminares hasta los orgasmos, incluso un poco más allá. Nos contamos cantidad, calidad y alguna que otra decepción. Cuando digo que hablamos de todo me refiero a TODO. Le comenté mis más profundos secretos y no me sentí avergonzada, él me miraba y fingía no sorprenderse (o quizás no fingía, quién sabe), yo me sentía como en casa.

Éramos tres desconocidos en un apartamento. Solos, sin interrupciones, sin prejuicios. Y no pasó nada… absolutamente nada… aunque parezca increíble.

 
Todo eso me contaba María… no es verdad que parece increíble?

 

Yo soy de la generación de los 80, la última de los maestros por cada asignatura.

Soy de los 80, la última generación que aprendió a jugar en la calle y en los recesos de la escuela al trompo, al burrito 21, al escondido, la botellita, el come fango, el chucho escondido, el ladrón y policía, al pon con una tacha de lata de leche condensada, a la suiza, al cuatro esquina… soy la última generación que aprendió a ver los muñequitos rusos.

Y no lo digo yo solamente, me lo mandan a diario amigos en emails, los mismos amigos que alguna vez grabamos canciones de la radio, los que fuimos los últimos en ver películas versión Beta y VHS y fuimos orgullosos pioneros del walkman, el chat y los discos compactos.

Nosotros hemos aprendido lo que es el terrorismo y nos enteramos de golpe un 11 de septiembre de la caída de dos torres, pero también vimos caer el muro de Berlín y la antigua URSS.

Andábamos en bicicleta o patines sin casco, ni protectores para rodillas y codos. Los columpios eran de metal y con esquinas de punta oxidada. Aun no entiendo cómo pudimos sobrevivir.

No había celulares. Íbamos a clase cargados de libros y cuadernos, todo metidos en una mochila que rara vez tenía refuerzo para los hombros y mucho menos, ruedas y para hacer una investigación teníamos que ir a la biblioteca y buscar una retahíla de libros para tener una mínima información, luego de resumirlo claro. Ahora con la era del Internet, todo se encuentra con solo un clic.

Yo soy de la generación del 80, vi surgir Facebook, MySpace… y crecí con el desarrollo de Internet. No tuve televisores de plasma cuando niña (no existían) y no supe lo que era una computadora de verdad hasta la secundaria.

Yo soy de la generación del 80 y crecí sin necesitar todas esas etiquetas, superficialidades, celulares, computadoras, playstations que actualmente suponen la niñez.

Yo soy de la generación del 80 y tuve una infancia feliz.

Él la espera en aquel banco a la orilla del mar todas las tardes…

Con la cabeza cana y aquel bastón de cedro parece una estatua antigua, de esas que sólo adornan parques y monumentos.
Él la espera siempre,  incluso cuando llueve…  entonces  aparece con su sombrilla enorme, esa que tiene cuadros azules y rayas negras, y se sienta en una esquina. Calma mirarlo sentado solo debajo de la lluvia, parece que el cielo llorara por verlo esperar.

Sin embargo, en otoño da tristeza verlo… las hojas secas  le cubren los pies y su bufanda gris siempre ondea al viento. Cualquiera diría que se trata de un personaje de Jane Austen. O quizás alguna suerte de Penélope transformado en estatua.

Él la espera siempre… desde que acabó la guerra.

Ella nunca aparece.

 

 

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