Él está en la cama mientras escribo. Acostado, entre las sábanas, no sospecha nada. La barba semi-crecida lo asemeja a un Robinsoe perdido en sueños.

Me encanta mirarlo así, desde lo alto, parece que la Luna se cuela por la ventana para iluminarlo. Los lunares de su espalda, cual constelaciones, me recuerdan a aquel cazador perseguido por Diana y convertido en estrellas.

Él es mi Orión… y yo soy la diosa que le da caza. La que lo persigue, lo acorrala… lo hiere… En mis sueños todo es así, lo veo claro, él está acostado y yo, cuando no me mira, lo mato.

Cuando escribo (como ahora) esquivando retratarme, tiendo a confundirme. Al final, contracorriente, Ann y María me dibujan un poco. Un poquito ángel y otro tanto demonio, como dijera (sabiamente) aquella personita de 1metro 20.

La Marian que escribe siempre se filtra… algunas veces aún a mi pesar.
Las historias se me parecen un poco a citas inconclusas, a deseos internos. La boda blanca, los claveles rojos, los besos húmedos, los dandys escondidos entre canciones (a veces incluso no tan escondidos)…

La Marian que llora o hace llorar es la misma que se enamora de muchachos de ojos marrones. Marian es María, es Ann… Marian, soy yo.

a mi padre… como siempre

 

Yo estoy aquí, tú allá… lejos, donde no puedes besarme (al menos no materialmente).
Yo estoy aquí, tú allá… lejos, donde las lágrimas se confunden con la nieve.

Tú estás allá, yo aquí…  lejos, donde la risa se confunde con los gritos.
Tú estás allá, yo aquí… lejos, donde los niños corren solos (por los parques, por las calles).

Tú y yo estamos aquí y allá, allá y aquí… lejos.

Es increíble cómo te siento siempre tan cerca.

Soy blanca porque  mi madre es blanca, mi padre es blanco y mi familia (hasta donde yo conozco) es blanca. Soy blanca porque en la playa, cuando me da el sol, mi piel se torna roja.

Soy negra porque escucho  rumba y bailo  guaguancó, porque me encanta gritar en el barrio para saludar a los vecinos. Soy negra porque disfruto convertirme en cimarrona y huir de los perros de vez en cuando.

Soy blanca y negra, como Guillén (aunque mis abuelos no sean tan diferentes).

Soy, como dijera una amiga, bicolor.

Cuando me miras a los ojos y me besas (como dijera Carilda) me desordeno.
Cuando me susurras al oído que me quieres, cuando me acaricias, cuando por la noche (o por la tarde, o quizás en la mañana), me haces el amor…  o te lo hago, eso depende, (como dijera Carilda) me desordeno.

Me desespero al pensarte, al amarte, al soñarte… Las flores no son tan bellas si no vienen de tu mano, las sonrisas pierden su encanto si no son las tuyas, la Luna pierde su toque de misterio… y las amarguras… bueno, ni Chavela Vargas me cura las amarguras con su canto.

Si no estoy a tu lado (como dijera Carilda), me desordeno.

Tú y yo somos lo mismo,
exceptuando, claro está,
la diferencia de género.

Yo río, tú también
(a veces).
Yo suspiro cuando me siento
mal, bien, con hambre…
y tú  igual, lo que,
para ser justos,
en menos cantidades.
Yo miento, tú lo mismo,
quizás un poco menos,
pero bueno, así es la vida.
Yo amo, o amaba…
es parecido.
Tú también, según me cuentas,
has padecido.

Al fin del cuento,
sé lo que digo, tú y yo,
a pesar del género,
somos lo mismo.

Ann se despertó muy temprano pensando que ese viernes iba a ser especial. María no se había aparecido en toda la semana y al fin, después de tanto tiempo, tendría un día para ella sola.

Ann se sentía feliz, aquel muchacho de ojos marrones la había invitado a comer y, contra todo pronóstico, a pesar de las advertencias de María, había aceptado.
El vestido rosa de muselina resaltaba su pelo rubio y los rizos le caían sobre los hombros como si la princesa de un cuento se tratara. (Ya he dejado bien claro que Ann se sentía feliz).

A las 8 menos cuarto, como si de un reloj habláramos, tocaron a la puerta. Él estaba plantado con una rosa roja y una sonrisa deslumbrante. Ann se sintió desfallecer.
Salieron, comieron, bebieron, conversaron… incluso vieron la última película de Almodóvar. Todo parecía estar perfecto.

Por fin, a las 12, él la acompañó a la puerta y levemente se le acercó al rostro. El beso parecía inminente y el corazón de Ann saltaba en su pecho… él era el indicado, lo presentía.

El beso fue magnífico, de esos que hacen temblar la tierra. Ann se sintió extremadamente feliz. Lo triste fue que al final, luego de aquel momento tan íntimo, aquel muchacho de ojos marrones, la llamó María.

El está justo a mi alcance, si extiendo la mano lo atrapo. Se encuentra tan cerca que puedo aspirar su perfume…o más bien su olor… su olor a hombre, a macho, su olor animal. Ese rastro que me hace perseguirlo, desearlo… imaginarlo.

El está justo a mi alcance. Bastaría una palabra, un susurro, un soplo a su oído, una leve caricia. Bastaría una mirada…

Si tan sólo no estuviese soñando.

Te miro, me miras, y sonrío.

Ellos no saben que somos cómplices.
No saben que, a través de las carcajadas, intercambiamos saludos ocultos que solo tú y yo conocemos.
No saben que, en las noches, cuando nadie nos mira, nos escondemos del mundo y nos amamos.
Ellos no lo saben.

Quizás por eso te miro, me miras… y sonrío.

Este es un post pequeñito, de esos que solo tienen 3 líneas. No necesita más. Al fin y al cabo, para desear un buen año nuevo solo se requieren 3 palabras.

Yo, además, les deseo: amor, paz, prosperidad y un muy FELIZ FIN DE AÑO.

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